
Por RICARDO GIL OTAIZA
(@GilOtaiza/rigilo99@hotmail.com/
https://es.wikipedia.org/wiki/Ricardo_Gil_Otaiza)
[…] La mordacidad del escritor Héctor Mujica generó la frase según la cual yo, por ser un «Instrumento de El Maligno» [lo leyó en Revelaciones y lo expuso en una crítica que apareció en varios diarios], de «El Patrón», soy, en consecuencia, un perverso y nada más: una persona abominable […]
(Alberto Jiménez Ure entrevistado por Gil Otaiza, para el diario El Universal, Caracas, 1998)
[…] Lejano a cualquier tipo de vanidad o soberbia que nos hiciera sentir como seres inferiores frente a su indiscutible consagración, en este escritor encontramos a un «igual»: a un intelectual ganado a una apertura inaudita y escasa (escasísima, diría) en nuestro mezquino medio académico y cultural […] Alberto constituía una especie de «gran oráculo» cuya oficina no daba abasto para albergar al sinnúmero de poetas, narradores y ensayistas en ciernes que veíamos en él un ejemplo a seguir en el espinoso camino de las letras […]»
(R. G. O.)
JIMÉNEZ URE
Conozco a Jiménez Ure desde hace muchos años, cuando aún era miembro activo de la Oficina de Prensa de la Universidad de Los Andes. Me acerqué a él como tantos otros jóvenes escritores que buscábamos, en su poderosa figura literaria, abrigo para nuestros propios sueños. Alberto (como lo llamaré en lo sucesivo) constituía una especie de «gran oráculo» cuya oficina no daba abasto para albergar al sinnúmero de poetas, narradores y ensayistas en ciernes que veíamos en él un ejemplo a seguir en el espinoso camino de las letras.
Contrario a lo que suele suceder con aquellos personajes que se han ganado un importante espacio en cualquier actividad humana, que se erigen en «seres inalcanzables», «acartonados» y «exquisitos», en él hallábamos a un literato de trato diáfano y cortés que no cejaba en ofrecernos posibilidades reales para que alcanzáramos nuestras metas. Lejano a cualquier tipo de vanidad o soberbia que nos hiciera sentir como seres inferiores frente a su indiscutible consagración, en este escritor encontramos a un«igual»: a un intelectual ganado a una apertura inaudita y escasa (escasísima, diría) en nuestro mezquino medio académico y cultural.
A cualquiera –con la trayectoria de Alberto- se le«habrían subido los humos» a la cabeza. Ya para aquél entonces (comienzos de los 90) contaba con una vasta obra en diversos géneros: narrativa (cuento y novela), poesía, ensayo y crítica literaria. Era articulista consentido de los diarios regionales (de Mérida y Lara) y de los más importantes rotativos del país (El Nacional, El Universal, El Globo y Diario de Caracas) Mantenía amistad y comunicación epistolar con relevantes intelectuales de Venezuela y del exterior. Su incisivo parecer sobre disímiles aspectos (culturales, políticos, académicos, entre otros) era altamente cotizado (y buscado) por los medios de comunicación de acá y de más allá. Era invitado permanente en los postgrados de literatura para que disertara sobre su obra, era jurado de concursos literarios y había recibido suficientes reconocimientos como para sentirse satisfecho con tan portentoso recorrido.
Ese que acabo de describir era el perfil humano y autoral de Alberto para entonces. Como se supondrá, quedé enganchado y, a partir de esos días, mantenemos amistad: compartimos honores en jornadas literarias, bienales, programas de televisión; preparamos ediciones de libros, y hasta viajamos juntos durante varios años para asistir a slaFeria Internacional del Libro de Caracas (en sus mejores tiempos), en la que con frecuencia se presentaban nuestras obras. Gracias a él conocí a importantes figuras literarias: Mempo Giardinelli (quien ganara el Premio Internacional de Novela «Rómulo Gallegos» con su libro Santo Oficio de la Memoria), Oswaldo Trejo, José Ramón Medina, Teódulo López Meléndez, Eva Feld, Marisol Marrero, Eleazar Ontiveros Paolini, Juan Liscano, Denzil Romero, Salvador Garmendia, Anabelle Aguilar Breally, Héctor López, Enrique Plata Ramírez, Fernando Báez, José Antonio Yépes Azparren, María Luisa Lázzaro, Wilfredo Machado, Eduardo Liendo, Edilio Peña, Gabriel Jiménez Emán y una larga lista.
Hoy, el nombre de Alberto Jiménez Ure se ha consolidado en el ámbito nacional e internacional. Su obra está rondando los cincuenta títulos, varios de los cuales han sido editados por universidades e instituciones extranjeras. Diversos autores nacionales y de afuera le han dedicado cientos de páginas, así como tesis de pregrado, maestría y doctorado a su portentosa obra, que no es fácil (dicho sea de paso)ya que bordea los peligrosos senderos de lo pérfido que anida en el alma humana: de ahí la reticencia de algunos para acercarse a ellas.
Alberto hace literatura en torno a esa otra cara de la moneda, a ese lado oscuro y siniestro que todos llevamos dentro. Sus personajes son complejos y se mueven en un «claroscuro» que muchas veces logra perturbarnos, en un afán ontológico de comprensión de su propuesta. En lo particular, puedo expresar (con orgullo) que el Año 2010 el «Vicerrectorado Administrativo» de la Universidad de Los Andes me editó el libro Jiménez Ure ante la crítica Gilotaiziana: en el cual discurro por el análisis crítico de su obra publicada a lo largo de las dos últimas décadas. Creo (toco madera) que este libro abre trochas, caminos y senderos en un intento «académico» por dar al conjunto de su propuesta estética una «visión totalizadora»:ajena a distorsiones y tergiversaciones de parte de posturas pacatas que buscan con afán su descrédito por la vía del «latiguillo moral».
Nos queda mucho por esperar todavía de la pluma de este gran literato venezolano, quien con dedicación y disciplina «monástica» (aunque no tenga nada de asceta) ha logrado posicionar su pluma en espacios connaturales y diversos dejando sentado su talento, su agudo verbo, su cultura universal y, sobre todo, su pasión literaria a toda prueba, la cual no ha dado descanso en las últimas décadas hasta llegar a construir una obra gigantesca que seguro no caerá en el olvido
(En Lector de Libros, p. p. 25-27/Edición de la Universidad de Los Andes, Mérida, Venezuela, 2014)
JIMÉNEZ URE Y LA AMBIVALENCIA DE LA VIDA
«Jiménez Ure logra construir en cuatro décadas una obra que llama la atención por la diversidad de factores que las colman: un lenguaje osado, rico en neologismos, que se hace personaje dentro de la trama para irrumpir con fuerza en nuestros sentidos. Una historia descarnada, lindante con la locura, que muestra el lado oscuro del alma humana, hasta dejarnos inermes frente a nosotros mismos y ante la realidad. Una densa carga filosófica que busca lo paradójico, hasta convertirse en espada de doble filo frente a la lectura y las certezas propias de la existencia»
[https://www.analitica.com/entretenimiento/jimenez-ure-y-la-ambivalencia-de-la-vida/]
Nada más complejo que exponer en breves cuartillas la impronta literaria, cultural y humana del escritor Alberto Jiménez Ure [Tía Juana, estado Zulia, 1951]. En él converge diversidad de facetas que hacen de su figura centro de una ambivalencia digna de todo gran creador. Tan es su consubstanciación con el hecho literario, que para quienes lo conocemos se torna arduo difícil separar en él esa amalgama literatura-hombre, que hace de su obra y de su vida una ecuación perfecta.
Jiménez Ure no sólo es su obra [cuya experticia le ha ganado adeptos y animadversiones dentro y fuera del país], sino que todo en él comienza y termina en un insólito engranaje en el que el texto literario se convierte en el argumento ideal, que hace de su visión personal una mera proyección [en todo caso transposición] de lo escrito por él y por los otros. Si a ver vamos, este escritor e intelectual zuliano-merideño es la encarnación vívida de lo literario. En palabras distintas: Jiménez Ure es literatura. Si quisiéramos ir más allá podríamos argumentar que hasta su propia vida personal está sazonada con tantos elementos rayanos en la inverosimilitud y la truculencia, y de ella se podrían escribir varias novelas bestsellerianas, de esas que tanto abomina nuestro autor.
La pasión literaria en Jiménez Ure es sin duda un fenómeno freudiano [con todas las connotaciones epistemológicas y filosóficas que tal aseveración puedan derivar], que comienza desde su lejana juventud y trasmonta los linderos tempo-espaciales, para erigirse en la actualidad en la propuesta narrativa más original y perturbadora que pueda mostrar un autor venezolano.
Jiménez Ure logra construir en cuatro décadas una obra que llama la atención por la diversidad de factores que las colman: un lenguaje osado, rico en neologismos, que se hace personaje dentro de la trama para irrumpir con fuerza en nuestros sentidos. Una historia descarnada, lindante con la locura, que muestra el lado oscuro del alma humana, hasta dejarnos inermes frente a nosotros mismos y ante la realidad. Una densa carga filosófica que busca lo paradójico, hasta convertirse en espada de doble filo frente a la lectura y las certezas propias de la existencia. Personajes esperpénticos que se desnudan a los ojos del lector sin perder en el camino su identidad y sin dejar de ser al mismo tiempo -paradoja de paradojas- ellos mismos. Atmósferas cargadas de sombras, de claroscuros, de acechos permanentes, que buscan recrear incertidumbres y certezas, realidades y fantasías, terribilidades y portentos. Constante acecho de lo imposible en contextos en los cuales todo es permitido; incluso lo posible. La mezcla irreverente de tiempos y de dimensiones, que producen en el lector la sensación de vacío, de perennidad de lo terreno y de temporalidad de lo eterno. Textos breves, demasiados breves, pero con una carga explosiva de sensaciones, que hace de ellos espacios ideales para la lujuria del intelecto y de los sentidos. Elevada confluencia de lo erótico, hasta el extremo de perderse en su liviandad el sentido de lo humano y de lo racional. Un denodado peso de lo político, que hace de cada texto una lectura soterrada de realidades, que por conocidas se nos transforman en verdades profundas y dolorosas.
En lo personal, Jiménez Ure es la confluencia de lo telúrico y de lo global, de lo poético y lo racional. Su presencia se hace necesaria en la medida en que encontramos en él permanente estímulo y apoyo en la conquista de los sueños que se hacen compartidos. Nuestro autor no sólo es un escritor: es un literato -en el sentido más profundo del vocablo- comprometido con su tiempo histórico, consciente de su valor y de sus aportes desde una mirada lúcida y crítica de la realidad presente. Jiménez Ure es amigo y es aliado y su voz incisiva y lacerante se hace molesta a los oídos de los gobernantes, quienes ven en él a un esteta de la palabra, que no da tregua a su verbo a la hora de denunciar sin subterfugios todo aquello que nos desdibuja como ciudadanos. Durante décadas su presencia en los medios de comunicación es signo evidente de su claridad y contundencia en eso de quitar caretas a los impostores, de dejar sin argumentos a los falaces, de poner al desnudo las realidades sociales que se nos venden como ideales, y tras cuyos andamiajes se esconden el horror y la demagogia.
Jiménez Ure es un escritor honesto, sencillo, sin poses ni falsas posturas intelectuales: un hombre de una sola pieza, a quien no le tiembla la pluma ni la voz si con su palabra devuelve a la persona la condición de humanitas, que es inherente -e indivisible- a su propia naturaleza. Este homenaje que se le tributa es merecido y debería servir de estímulo para que otros nos veamos en su espejo, que posee la doble cualidad de lo cóncavo y lo convexo, lo que permite concentrar y difuminar, como en un perverso juego de lo real y lo fantástico. Ergo, como en el doble juego de la vida
[Texto leído en la sede de la Librería «La Rama Dorada», de Mérida, el 17 de Noviembre de 2011]
ALBERTO JIMÉNEZ URE, UN HOMBRE DE CULTURA
Hablar de Alberto Jiménez Ure (Tía Juana, Edo. Zulia, Venezuela) es indagar donde anida el hecho literario y cultural de casi la última mitad del Siglo XX Venezolano, y lo que va del XXI. En este autor se conjugan una singularidad de portentos: «agudo» e «incisivo verbo», persistencia en el oficio, arrojo a la hora de asumir retos y desafíos, originalidad en sus propuestas y un estilo propio e inconfundible. La Literatura Jimenezureana es la amalgama de lo posible y la mirada desde lo tangencial, para hacer de sus textos (cuentos, novelas, poesías y pensamientos filosóficos) pequeños artefactos que gustan desnudar la realidad humana en sus más descarnadas aristas. Cada página del autor tiene la particularidad de mostrarnos el haz y envés de una misma realidad: la complejidad de la vida y sus más profundos tormentos. El horror en AJU dista de los lugares comunes que suelen presentársenos desde la «Meca del Cine», o desde la Literatura Canónica, para adentrarse sin rubor en aquello que nos aleja de una «moral pacata», cincelada por lo religioso, para internarse en los densos territorios de lo escatológico y de las sombras.
En nuestro homenajeado los linderos entre la realidad y la literatura se desdibujan para mostrarnos circunstancias y personajes que caminan en los márgenes de la sociedad, que se confunden (quizá sin pretenderlo) con mundos «esperpénticos», «monstruosos» y «fantasmales», que buscan azuzar en sus lectores ese otro lado que olvidamos en medio de lo fáctico (la verdad de las mentiras de la que nos habla Mario Vargas Llosa), hasta dejarnos inermes frente a hechos que muchas veces no comprendemos, pero que terminan por convertirse en realidades paralelas y, quizá necesarias, en el contexto de las truculencias propias de la vida y de sus portentosos actores de carne y hueso.
Los textos de Jiménez Ure son breves y contundentes, estremecen los sentidos, horadan los nervios, van más allá de lo previsible para golpearnos la razón, hasta dejarnos indefensos y muchas veces atónitos, sin que ello implique desconcierto, abandono de la lectura, o el abrupto rompimiento de la magia que todo buen relato (y texto en general) entreteje a modo de densa trama. Nuestro autor es un maestro del cuento breve, reconocido aquí y más allá de nuestras fronteras, incluido en decenas de antologías, erigiéndolo en figura clave del devenir literario nacional, con fuerte proyección continental. Es un merideño por adopción y corazón que ha construido, con tesón y disciplina monástica, una sólida obra hasta hacerte parte y todo de un gran movimiento literario y cultural que reconoce en él a uno de sus más aventajados exponentes.
Paralelamente a su obra literaria, AJU ha sido una pluma indispensable en la prensa venezolana de las últimas décadas. Sus posturas iconoclastas, su contundencia lapidaria y su defensa «a ultranza» de la Democracia han sido valores que ha enarbolado con valentía: sin importarle que, con ello, fuese vetado en algunos medios, hasta convertirse en un articulista «a las sombras, cuyos textos son leídos y admirados por «iniciados», quienes buscan en sus posturas nortes y derroteros en medio de la incertidumbre nacional y planetaria. Es un articulista combativo, irreverente y cáustico, que pretende con sus reflexiones políticas, académicas o literarias, impactar la conciencia del lector, hacerlo su cómplice, ganárselo por la vía de la argumentación bien hilada, coherente y lógica, sin que ello implique que se aleje de la complejidad del lenguaje que indaga también en los peligrosos territorios de la ambigüedad y antinomia. Es nuestro amigo dueño también de un humor negro, salpicado de ironía, que logra anclarse en medio de nosotros como latiguillo que nos recuerdo el compromiso del hombre de letras con su tiempo histórico.
Es Jiménez Ure un hombre de la Cultura, quien, desde su cubículo ubicado durante muchos años (hasta su jubilación) en pleno corazón de la «Oficina de Prensa» de la Universidad de Los Andes (y mucho antes en el Consejo de Publicaciones), promovió nuevos talentos literarios, sirvió de enlace entre grandes figuras de entonces y la intelectualidad universitaria y merideña hasta convertirse en figura clave de nuestras letras. Hoy, muchos de los que trajinamos los duros caminos de la Literatura reconocemos en este hombre afable y sencillo su sentido de compañerismo, su entrega sin mezquindad, su dar sin esperar nada a cambio, su presta orientación, su afán de proyectar a otros, su pasión por las letras y su amor por la institución. Es un literato a dedicación exclusiva, un hombre de pensamiento, un promotor de la paz y el respeto, un agente de la civilidad en su más elevada expresión filosófica.
Por todas estas razones, en la «Academia de Mérida», en esta hermosa y antigua casona, rendimos homenaje al escritor, al intelectual, al amigo y al ciudadano; al universitario cabal que hizo de la ciudad de Mérida su destino personal, el de sus hijas, y el de su vasta obra hoy ya universal.
(Gil Otaiza en funciones de Presidente de la Academia de Mérida, Venezuela, Junio del año 2016)














